09 marzo 2012

Acerca de la discriminación de la mujer y de los lingüistas en la sociedad: manifiesto de apoyo a D. Ignacio Bosque


Tras la publicación del informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, del lingüista y académico D. Ignacio Bosque, han aparecido en diversos medios una serie de críticas feroces que incluyen insinuaciones sobre la integridad profesional del autor del informe, cuando no juicios morales inaceptables sobre él y, por extensión, quienes apoyan el contenido de su informe. Este manifiesto tiene como objetivo mostrar que las conclusiones del informe del Prof. Bosque son inobjetables y que somos muchos los lingüistas que –independientemente de nuestro sexo y edad– suscribimos sus conclusiones. El texto que sigue justifica y explica las razones de nuestro apoyo.

1. Si se observa distanciadamente, la discusión que subyace a las intensas polémicas sobre este texto –y sobre otros anteriores– no es acerca de un problema social, sino acerca de cómo ese problema social se refleja –o no– en distintos aspectos del uso de la lengua. Nadie discute que la mujer ha sido tradicionalmente discriminada en numerosos aspectos de la vida laboral y la legislación española; este aspecto queda fuera de la polémica y lo asumimos como cierto, así como entendemos que es cierto que de algún modo deben promoverse cambios sociales que disuelvan esta desigualdad.

2. Más específicamente, la discusión atañe a cuatro aspectos que queremos abordar separadamente:

            2.1. Si la gramática española es sexista, o, en general, si un sistema gramatical puede ser sexista.

            2.2. De ser así, qué papel compete a los lingüistas para remediar lo que sería indudablemente una situación inaceptable desde el punto de vista ético.

            2.3. Si es posible legislar a favor o en contra de un uso lingüístico.       
 

            2.4. De ser ciertos 2.1 y 2.3, si las denominadas “guías de lenguaje no sexista” orientadas hacia esa legislación son una medida útil y ajustada contra el sexismo de la lengua española

3. Acerca de la primera cuestión, es importante diferenciar tres niveles: el nivel léxico, el nivel morfológico y el nivel gramatical. Entendemos aquí por nivel léxico aquel que se refiere al significado de las palabras, manifestado a través de su uso. Por nivel morfológico nos referimos a qué marca (-
a, -isa, cambios en el lexema, etc.) reciben las distinciones de género gramátical en cada palabra. Por nivel sintáctico entendemos aquí los casos en que se usa una forma plural con -o para aludir a todos los miembros de una clase, sin distinguir su sexo, o al uso del género en procesos de concordancia gramatical.

            3.1. Si nos atenemos al nivel léxico no cabe duda de que el léxico español refleja de numerosas formas estereotipos culturales discriminatorios para la mujer. Son numerosos los contrastes que lo manifiestan:
 ser un zorro / ser una zorra; ser un profesional / ser una profesional, o las connotaciones negativas que frecuentemente se asocian a sargenta, jefa o coronela. Indudablemente estos usos se deben a que la cultura en la que nacieron estas palabras es sexista. Esto no se niega en el informe, ni nunca se ha puesto en cuestión, y son usos que, sin necesidad de que nadie legisle, ahora despiertan un rechazo social cada vez más general. 

            3.2. En el nivel morfológico, es indudable que la ausencia de forma femenina de muchos nombres de oficio se debe a la inexistencia en el pasado y escasez en el presente de mujeres que ocupen dicha profesión. Es indudable también que estos usos están cambiando sin necesidad de que nadie legisle por ellos, y que secuencias que hace años se sentían como extrañas (
la jueza, la Presidenta, la cancillera) se han ido acomodando en el uso. Esto, de hecho, se afirma explícitamente en el informe  (§6, p. 8). 

            3.3. En el nivel sintáctico, la acusación de que la gramática española es sexista por permitir decir
 Todos los españoles son iguales ante la ley –englobando así españoles y españolas– o He dormido en casa de mis padres –por en casa de mi padre y de mi madre– es radicalmente falsa. Y esto es así por tres razones:

                        3.3.1. Para que el uso englobador de
 los españoles sea sexista, esta debe ser una forma masculina, pero dicho diagnóstico es, como mínimo, apresurado. Dados los datos, se podría concluir con idéntica base científica –probablemente mayor– que el español carece de género masculino, que la forma que la tradición ha clasificado como masculina en realidad es la ausencia de género y que el único género gramatical que se codifica en español como tal es el femenino. Si la forma el científico fuera masculina, debería excluir a los miembros de género femenino. Sin embargo, esto no es así. Podemos decir sin contradicción que El primer científico en identificar la radiactividad fue una científica, Marie Sklodowska, lo cual sería sorprendente si la forma en –o fuera masculina porque el conjunto considerado debería entonces excluir a las mujeres científicas. En cambio, es contradictorio decir La primera científica en identificar la penicilina fue un científico, Alexander Fleming, lo cual es esperable si la forma femenina realmente codifica género y excluye a quienes no lo poseen. A la luz de estos ejemplos cabe concluir que, probablemente, masculino es un término tradicional de la gramática española que no responde a la verdadera naturaleza del concepto que denota en las descripciones gramaticales. 

                        3.3.2. Las gramáticas no pueden ser sexistas, de la misma forma que no pueden ser comunistas, anarquistas, liberales o ecologistas. Una gramática es un sistema formal donde se combinan elementos mediante una serie de reglas complejas que no reflejan ni directa ni indirectamente la cultura de la sociedad que habla una lengua. Al contrario que el léxico, donde se reflejan con cierta nitidez los prejuicios de una sociedad, la gramática no se relaciona de ninguna manera obvia con diferentes actitudes culturales. Nadie ha conseguido encontrar un denominador cultural común entre las lenguas que admiten sujetos omitidos, las que invierten el verbo y el sujeto en las interrogativas o las que concuerdan los adjetivos con los sustantivos. Sin embargo, es numerosa la bibliografía que estudia otros rasgos gramaticales que poseen en común las gramáticas que tienen estas propiedades.
 

                        3.3.3. La idea de que las gramáticas pueden estar cargadas de contenido cultural, llevada a sus últimas consecuencias, da lugar a una justificación del racismo y la xenofobia: ¿cabría pensar, como hicieron algunos a finales del siglo XIX y principios del XX, que las lenguas sin concordancia son propias de pueblos rudimentarios, poco dados a las relaciones abstractas? Naturalmente, no. 

4. Pasemos ahora al segundo punto de debate, el papel que debe tener el lingüista con respecto a los rasgos sexistas de una lengua.

            4.1. Quienes critican el informe de D. Ignacio Bosque parecen concebir que la tarea del lingüista es parecida a la de un legislador que debe recomendar ciertos usos, hacer otros obligatorios y prohibir muchos de ellos.
 

            4.2. Esta preconcepción implícita parece entender que la gramática se hace a golpe de leyes, pero esto es radicalmente falso. El español actual, al contrario que el francés y el italiano, utiliza
 haber como auxiliar incluso con verbos de significado pasivo –comomorir o nacer–. Esto es un cambio con respecto al uso habitual durante la Edad Media, que utilizaba ser con tales verbos. Pero el cambio no se produjo porque un legislador decidiera que había llegado el momento de distinguirse de los franceses e italianos, con quienes se estaba en guerra: se produjo por cambios internos en el sistema gramatical, relacionados probablemente con el reajuste de los tiempos verbales, el desarrollo de otras marcas de pasividad y otros muchos factores que aún están siendo estudiados por los lingüistas.

            4.3. Incluso en casos en los que se trata de legislar sobre la lengua activamente, los usos que se prohíben tienden a perdurar si el sistema gramatical requiere que se estructuren así. Por más que las gramáticas normativas de los últimos cincuenta años hayan criticado el uso de
 deber de como perífrasis de obligación, se sigue empleando así en textos de todo tipo, y generalmente para marcar una obligación menos fuerte que la que indica deber. Pasa igual con el leísmo, el dequeísmo y tantos otros fenómenos que se observan todos los días.

            4.4. Como se puede concluir de lo anterior, en definitiva esta actitud con respecto a la labor de los lingüistas es una nueva forma de normativismo, una actitud según la cual la lengua debe tener guardianes que se aseguren de que permanezca pura en su cumplimiento de ciertos principios ideales, incluso y especialmente cuando esta vigilancia vaya en contra de la forma en que hablan normalmente los usuarios de esa lengua. Es una forma de dar a entender tácitamente que los hablantes no son dueños de la lengua, sino gente que la toma prestada y no la cuida como debiera.

            4.5. Pero esta actitud normativista convertiría a los lingüistas en los únicos investigadores y científicos cuya tarea es la de preservar  una pureza ideal en lugar de la de descubrir cómo funciona su objeto de estudio. Si un detective decide falsear sus informes porque el asesinato y la corrupción despiertan en él un rechazo moral, sería castigado penalmente. Igualmente, si un médico decidiera no decirnos que tenemos una enfermedad grave porque considera –como cualquier otra persona– que el mundo sería mejor sin dichas enfermedades, nuestra reacción no sería la de ensalzar sus altos valores morales, sino la de denunciarlo a las autoridades competentes.
 

            4.6. Consecuentemente, si un diccionario mantiene acepciones como la de
 periquear –verbo con el que se describe la actitud de una mujer que se toma excesivas libertades–, no lo hace porque apruebe la idea de que exista una cantidad máxima de libertad aceptable para las mujeres, sino porque este verbo se ha usado así y el deber de un investigador de la lengua es el de recoger esta información. De igual manera, si un periodista insiste en hablar de un delito, no pensamos que esté a favor de que se cometiera dicho delito. 

            4.7. Tampoco cabe esperar que el lingüista introduzca en la definición una valoración sobre la sociedad donde se usa esta palabra, criticándola o apoyándola, porque esto es una cuestión que corresponde a la ética, la moral y la política. De igual manera no aceptaríamos que un médico opinara en su diagnóstico sobre si es merecido o no que un fumador tenga cáncer.
 

            4.8. Cabe contrargumentar a lo que acabamos de afirmar que la institución a la que pertenece el Prof. Bosque, la RAE, hace recomendaciones de uso en muchos otros casos. Esto es cierto, pero tales recomendaciones –como la de preferir que
 deber de no tenga valor de obligación– no están motivadas por criterios políticos o éticos, sino que se hacen conforme a criterios gramaticales que atienden a cómo está conformado el sistema de la lengua. La intención de estos consejos es la de evitar recomendar usos que pueden ser pasajeros y producir ambigüedades que dificulten la comunicación ahora o en el futuro, cuando se vuelve sobre los textos que la usaron. Si el uso se afianza, el deber del lingüista es el de recogerlo y tratar de explicar sus causas gramaticales. De hecho, la Nueva Gramática, de la que D. Ignacio Bosque es ponente, reconoce ya la extensión en el uso de deber de como obligación (y de forma similar, recomienda que se evite el uso genérico de la forma en -o en casos donde pueda haber ambigüedad, en la medida en que afecta a la comunicación, no a la ética). Esto es, de nuevo, lo mismo que esperamos de un investigador: si un médico encuentra indicios de que un paciente tiene cáncer, no se apresura a amputar la zona sospechosa, sino que solicita hacer más pruebas antes de tomar una decisión a favor o en contra.   

5. En cuanto a la tercera cuestión, se discute también si es posible, aun queriendo legislar, hacerlo para producir un cambio en la forma en que la sociedad usa su propia lengua.

            5.1. Las recomendaciones acerca del lenguaje no sexista se aplican, es cierto, a un tipo de lenguaje específico: el lenguaje llamado oficial, que se contrapone al lenguaje espontáneo oral o escrito, y que se manifiesta sobre todo en textos administrativos y jurídicos.

            5.2. No es infrecuente que se hagan todo tipo de recomendaciones artificiales en el lenguaje no espontáneo. En muchos manuales de estilo islandeses se pide evitar comenzar una oración con un adverbio; algunos manuales sobre el inglés advierten de la inconveniencia de empezar una carta formal con un pronombre de primera persona. Estas recomendaciones tienen una causa menos clara que la que conduce a algunos a proponer el desdoblamiento de las formas de género, y sin duda no tienen una intención moralmente tan admirable, pero son igualmente artificiales en la medida en que condenan estructuras que la gramática de las respectivas lenguas permite. Crucialmente, estas recomendaciones no han hecho que los islandeses, en sus conversaciones cotidianas, cambien el lugar donde sitúan sus adverbios o que los ingleses empleen menos pronombres. La recomendación, por tanto, ha resultado completamente inútil fuera de estas manifestaciones no espontáneas de lengua, donde tampoco se siguen sin excepción.
 

            5.3. Además de infructuoso para el uso general del idioma, cabe preguntarse si esta clase de recomendaciones que hacen más artificiosa la expresión son deseables. Probablemente no es intención de ninguna de las administraciones e instituciones que han aconsejado el desdoblamiento la de hacer sentir a los hablantes que esas formas de hablar no pertenecen a su lengua. Sin embargo, el efecto que se obtiene es a menudo ese. Algunos de los abajo firmantes hemos hecho el experimento de forzarnos a seguir las recomendaciones de estas guías cuando nos dirigimos a nuestros estudiantes en clase. Este experimento siempre ha sido recibido por los estudiantes –incluyendo, naturalmente, a las estudiantes–, primero con sorpresa, después con extrañeza y por último con regocijo, hilaridad y alboroto.  

            5.4. En último término, legislar en casos como este, en la medida en que implica condenar usos que son naturales en un sistema (gramatical), es tan discutible como obligar a las personas que acuden a un juicio o al parlamento a andar usando solo los talones, que es una manera distinta de aquella que habitualmente usan debido a las propiedades naturales de su sistema motor. Tal vez alguien desee que los acusados anden así como una forma de respeto al tribunal, pero es difícil no estar de acuerdo en que en tal caso sería mucha más la incomodidad causada que el beneficio objetivo obtenido.
 

            5.5. Y más allá de esto, si se decidiera legislar sobre la forma de andar en los juicios, sería una cuestión que competería a los políticos y legisladores –crucialmente,  con cierta labor de consulta a los fisioterapeutas para evitar lesiones en masa–. Igualmente, si se decide legislar para que se evite la manera natural de hablar en ciertos contextos formales, sería tarea de los legisladores, asesorados por los lingüistas. Lo que no es aceptable es que se pida que los lingüistas apoyen reglas que no son de su competencia y que además se han establecido sin atender a sus criterios, al tiempo que se hacen juicios morales precipitados sobre los miembros de este grupo que no aceptan esta situación irregular y única en el mundo de la investigación y de la ciencia.

6. El informe de Ignacio Bosque se dedica especialmente al último punto de los cuatro que mencionamos. Aun considerando que la lengua fuera cómplice y ayuda de los sesgos sexistas de la sociedad española y que un cambio obligado en el uso lingüístico de la administración ayudara a conseguir una sociedad más igualitaria, las guías a las que hacemos referencia no serían adecuadas.
 

6.1 En primer lugar, parece que estas guías no han sido construidas desde un conocimiento profundo del acto referencial. Así, por ejemplo, nadie parece haber visto la contradicción obvia entre afirmar que el género de las expresiones referenciales  se interpreta de forma sexuada y al mismo tiempo aconsejar el uso de términos genéricos del tipo de
 estudiante. La razón de esta recomendación es que, según estás guías, el masculino genérico evoca mentalmente un referente masculino. Aun si esto fuera cierto, no se subsanaría nada al emplear palabras como estudiante, porque obviamente el concepto que evoca tiene necesariamente un sexo biológico particular, y no cabe esperar que el hablante imagine este concepto como una entidad asexuada. Si la forma en -o (alumno) evoca un concepto masculino es por culpa de los estereototipos culturales, no por la terminación del sustantivo. Por esta razón, una terminación distinta no soluciona nada: estudiante evocará en los mismos hablantes un concepto masculino. Hemos complicado la vida de los hablantes, pero no hemos resuelto ningún problema. 

6.2 En segundo lugar, como muy atinadamente apunta Ignacio Bosque en su informe, muchas de las indicaciones de las guías aconsejan renunciar a distinciones irrenunciables en el estudio de la lengua. Valga como ejemplo para los amantes de la lógica clásica: se aconseja que sustituyan los cuantificadores universales (
Todos los estudiantes) –que al marcar género forzarían un referente masculino, según estas guías– por distributivos (Cada estudiante) sin esa peligrosa marca de género. Para comprobar que esta sustitución nos ha obligado a decir algo distinto de lo que queríamos decir, compárese Todos los estudiantes vinieron juntos conCada estudiante vino juntos, que es imposible. 

6.3 Como consecuencia de la falta de naturalidad y dificultad de aplicación de las expresiones que recomiendan estas guías, se añade el peligro de que los textos legales que traten de seguirlas entren en contradicciones. Entendemos que si se usa de manera regular el masculino como simple masculino, en aquellos párrafos en los que aparezca como genérico habrá problemas en la interpretación del texto legal y alguien podría terminar alegando que es lícito encarcelar a una mujer sin juicio porque la afirmación
 Todos los españoles son inocentes si no se demuestra lo contrario solo se aplica a los varones, ya que si se hubiera deseado incluir a las mujeres se debería haber dicho Todas las personas españolas son inocentes si no se demuestra lo contrario. Sospechamos que este no es el tipo de efecto que aspiran a obtener estas guías.

6.4 En consecuencia de todo lo anterior, al considerar todos los usos lingüísticos que contienen género gramatical de algún modo como igualmente sexistas, los rasgos que realmente lo son –como los rasgos léxicos a los que aludimos en 3.1– quedan, esta vez sí, invisibilizados. Puestos a legislar contra las manifestaciones de sexismo en el lenguaje, tendría mucha mayor efectividad y sería mucho más factible definir leyes contra el uso de ciertos insultos dirigidos exclusivamente a las mujeres y así evitar, por ejemplo, que un juez absuelva a quien ha llamado a su pareja
 zorra con la excusa de que, más que un insulto, el apelativo era una descripción.

7. Consecuentemente, creemos que:

            7.1. Es falso y aun absurdo afirmar que una gramática tenga una ideología

            7.2. Aun si esto fuera cierto –que no lo es– no es labor del lingüista hacer juicios morales sobre esa ideología

            7.3. Y aun si el lingüista debiera hacer juicios morales, no sería posible ni deseable forzar los cambios mediante reglas que afecten al uso de la lengua. Los cambios tienen que provenir de otras vías, al menos si queremos evitar que el lenguaje no sexista sea un modo de maquillar una realidad que sigue siendo discriminatoria con la mujer.

            7.4 Por todo ello, estamos de acuerdo con el informe en considerar que las denominadas guías del lenguaje no sexista no son adecuadas por no ser útiles a lo que pretenden y no estar basadas en un conocimiento de los matices lingüísticos ni del propio acto de referencialidad.

Tromsø, 6 de marzo de 2012

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